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Quilmes, el 25 de Mayo en tiempos de coronavirus y el transhumanismo. Desde los gauchos a la “Inteligencia” Artificial.

La Revolución de Mayo en Quilmes

El amigo Carlos Eduardo Díaz (1) me hizo recordar hace poco algunos datos que el gran historiador quilmeño José Craviotto (2) aporta para el conocimiento de la historia local en momentos de la Revolución de Mayor de 1810: la jurisdicción de  Quilmes tenía en ese entonces una extensión de 829 km2 (la Reducción indígena, que sería “extinguida” por Bernardino Rivadavia dos años después,  dentro de ella, con epicentro humano en la plaza central donde está la Catedral actual, tenía 19,9 km2). Con la precisión científica del bioquímico que lo caracterizó, y con ese espíritu liberal y sarmientino, siempre parcial y muchas veces antinacional, que lo hizo miembro de la Academia Nacional de la Historia para la cual la educación de las clases cultas sobre las subalternas o brutas, o de los individuos todavía asociales por falta de ella, es la base del desarrollo de una Nación, nos informa que en 1801 Quilmes tenía 800 habitantes, y 10 años después, 1250 pobladores. Dentro de la Reducción había 216 personas -tres familias originales de Indios-, un Alcalde de Hermandad dependiente del Cabildo de Buenos Aires, un Cura Párroco, no había en ese momento Comandante Militar, y el 10.6.1810, en la esquina de la actual Avda. Mitre y Rivadavia, el Alcalde Garmendi dio a conocer la Proclama del 25 de Mayo, y las  novedades y mandatos que emanaban de la 1ra. Junta de Gobierno de la Revolución de Mayo, en una especie de reconocimiento de fidelidad de los parroquianos hacia el gobierno central.

En Quilmes para el año 1812 todavía no había grandes estancias. Se irían asentando con el tiempo, más bien en la periferia, en sus bordes.  A lo sumo aparecerían algunas huertas o quintas porque la propia delimitación cuyo origen estaba en la extensión de la antigua Reducción Indígena que se mantuvo hasta ese año, favoreció más las subdivisiones de tierras con nuevos pobladores, que algún remedo de extensión latifundista, como hubo en otras localidades pampeanas o subpampeanas. Eso le dio un cierto carácter de Aldea/Ciudad temprana, con intentos de imitación de la Ciudad de Buenos Aires. Y la subdivisión de 1818 practicada por el Agrimensor Mesura (en Manzanas/Chacras), desde la Ribera hasta los fondos de San Francisco Solano), sobre la base de la reciente desparecida Reducción indígena determinó aún más nuestro futuro, organización social y crecimiento demográfico, único y señero entre los pueblos de la Provincia.

 

Los primeros pasos del Gaucho en Quilmes: lo telúrico contra lo marítimo.

Por ello Craviotto jamás habla de la figura del “gaucho” en Quilmes. Debido a lo que tenía a la vista inmediata, y a su formación y gusto sarmientino, repulsivo del particular y natural errante de la tierra, de chiripá, montura y botas de potro. No creemos que haya sido tanto por una definida posición ideológica, al fin era un científico positivista en cuestiones de la historia, sino por el caldo cultural de la época y el dejarse llevar por las ideas de salón de aquel entonces. Tiene tibiamente que aceptar el componente indígena (“bárbaro”) de Quilmes porque es inevitable, pero el tema principal se lo deja a lo expuesto por Guillermina Sors (3) en su magnífico libro de 1937. Sin embargo, en Quilmesya se veían estancias con la típica figura del gaucho, merodear o permanecer en ellas.
Basta leer distintos pasajes de “Allá Lejos y Hace Tiempo” (4), relatos del tiempo transcurrido por Guillermo E. Hudson en la estancia paterna ubicada en los fondos de lo que hoy es Florencio Varela, pero todavía parte de Quilmes en aquel entonces (1841-1874, año en que emigró a Inglaterra y murió allí en 1922),para advertir el permanente cruce e intercambio que había con los “gauchos” de la campaña.  Y en la ribera de Quilmes, además, son numerosos los testimonios de la existencia de tropillas de caballos para arrieros pobres y comerciantes del sábalo, inmediatamente después de la Revolución de Mayo, y aun antes. Así que Craviotto, y mucha historia oficial local, los expulsa del relato.

Lo cierto es que el “gaucho” representa desde el origen una alianza con lo telúrico, la tierra, lo continental, el horizonte como lo lejano hacia el interior, y la lejanía como lo permanente al alcance del cabalgar. El caballo es parte de su ser y su medio de traslado, pues su condición es la errancia sobre la tierra, mal confundida con la “vagancia” (7), y la barbarie, a contramarcha de la civilización que avanza desde la Ciudad, y donde la locomotora sería la clave del progreso. Es de destacar quela proto Nación que era la Argentina en 1810 ya mostró su arraigo a esa condición continental y telúrica cuando se enfrenta en las invasiones de 1806 y 1807 a la potencia atlantista, marítima, de Inglaterra. Las acciones de la Defensa y Reconquista de Buenos Aires, y acá en Quilmes, estuvieron marcadas por la lucha eterna entre la fuerza Continental, de la conexión con la Tierra y el Trabajo, contra la fuerza Marítima, conectada a lo líquido, al comercio y la conquista imperial de otros pueblos.

En la primera vuelta (1806) esa fuerza continental, apenas constituida, con una pampa desolada,estuvo presente con varios criollos, jinetes y artilleros desde el albardón más alto de Quilmes (5), y en la segunda vuelta (1807) -aunque no reconocido por todos-, con la resistencia de los negros esclavos pertenecientes a la Estancia Santa Coloma, familia de la aristocracia comerciante, prohispánica monopólica de Buenos Aires que tenía su residencia en los altos hoy de Bernal (6). Fue poco, pero de no menor importancia: el primerísimo enfrentamiento con la potencia marítima que nos venía a imponer sus reglas del libre comercio transhumante.
También, destacamos, en la Vuelta de Obligado en 1845 se reitera, ya más sólida, aunque también perdidosa por un tiempo, esa posición nuestra continental ante el bloqueo anglo-francés, defendida la posta con varios gauchos del lugar, además de los profesionales de armas. Gran paradoja argentina, ya señalada por otros: somos un país continental, de gran extensión de tierra, y tenemos nuestra Capital en una ciudad Puerto, como si fuéramos una ínsula, la ínsula Barataria, gobernada por Sanchos Panza, enajenada y desgajada. Pero nuestros gauchos nunca dudaron de qué lado, de la Tierra, colocarse.

Hay sin dudas algunos modos diferentes del “ser gaucho”, sujeto de nuestra condición telúrica, pampeana, cantada desde ya en nuestro Poema Nacional máximo, que es el Martín Fierro de José Hernández. Un modo, aquel que va desde los comienzos de esta proto Nación que se conforma desde poco antes de la Revolución de Mayo hasta 1852, alrededor de los grandes caudillos provinciales, peón rural a veces o simplemente el aquerenciado a la tierra en la periferia de las ciudades, con rancho, mujer, algunos animales e hijos, libre de transitar y galopar, o escapar.
Y otro modo muy distinto,  aquel que se transforma luego de la caída del Gobernador de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas, perseguido para la gleba militar, o como mano de obra de la industria inglesa incipiente, despojado, borrado de todo reconocimiento, pero no de toda existencia, franqueando  tranqueras y alambrados, implorando conchabo, asalariado de yerba, azúcar y aguas fuertes,  o bonos de cartón, y cuyo lugar visible comienza a ser tomado cada vez más por los capataces o dueños ricos de la tierra, que se exhiben con aperos de fino cuero, cuhillería y adornos de plata y carruajes de lujo, que suele ser la caricatura del gaucho que nos enseñan en las escuelas, amodosado y acomodado: un intento vano por absorber el “alma” de aquello que se intenta destruir, hacerlo desaparecer para siempre de la faz de la tierra argentina.

El gaucho después de la caída de Rosas. La Estancia Ovejera en Quilmes.

El gaucho argentino anterior a 1852 tenía un determinado “carácter” (para no decir personalidad, más complejo de definir), cuyos rasgos principales podríamos decir que fueron: querencia por el terruño, convivencia en un ciclo vital con plantas y animales, un modo de tiempos mucho más lento comparado con los de hoy, un sentimiento de libertad fundido con la inmensidad del horizonte ante sus ojos, molestia o repudio hacia la autoridad constituída “externamente”, no consumista y amigo de sus paisanos coterráneos, entre otras muchas cosas.

Después de 1852 las cosas empezaron a cambiar profundamente para él. Algo muy fuerte cambió para siempre su “ser” en la Argentina de aquellos tiempos. En gran parte de la Pampa, y de Quilmes, particularmente, comenzó la estancia ovejera en la localidad con el inglés Wilfredo Latham (Villa La Florida, San Francisco Solano) y la decadencia de la estancia vacuna (8), se puso al servicio de la manufactura textil de la revolución industrial inglesa para la exportación marítima. La estancia semi ganadera vacuna de Manuel Obligado, en Solano, pegada a la de Latham, luego de su muerte (1843) nunca llegó a prosperar como tal. Los saladeros vacunos, de impronta rosista, fueron dejando paso a los frigoríficos vacunos ingleses industriales de exportación (Swift, Armour, y otros) a favor de las potencias marítimas necesitadas de carnes.
Las vacas son animales más errantes y se convirtieron al inicio en tiempos coloniales en una gran parte de su desarrollo en ganado cimarrón, salvaje; son telúricas, por así decirlo.  Luego fueron apropiadas en el rodeo y el alambrado. Y si bien una pequeña parte se exportaba como tasajo al Caribe y otras colonias africanas, su producido, o sus restos, quedaban diseminados en la tierra. La oveja necesita más cuidado, no cualquier pastura, y es más sedentaria, su lana era más para la exportación, son, también por así decirlo, animales marítimos, de islas.El gaucho pasó a convertirse en un profesional de mayores técnicas en el uso de sus destrezas de fuerza (Ver el libro de Latham). La figura del patrón-dueño, y no del protector del peón, comenzó a consolidarse.  El gaucho se hizo más ladino y lamentoso.

Y así el gaucho pasó a ser otra cosa; el argentino (no un hombre único, por supuesto) pasó a tener “otro” carácter. ¿Qué fue lo que contribuyó a desaparecerlo, a eliminarlo y a cambiarlo radicalmente? El modelo agroexportador de la oligarquía argentina de 1880, que ya se moldeaba desde 1852 con la eliminación sistemática de los caudillos provinciales, la Guerra contra el Paraguay, centro continental de Suramérica, a favor de la potencia marítima inglesa, no fue solamente un modelo económico exitoso para esa clase, sino también una máquina trituradora y moldeadora de un nuevo “carácter” de matriz mundial, en el marco de la división internacional del trabajo.

Nuevas Tecnologías. Desaparición del gaucho.

Llegó entonces el largo y terrible siglo XX y estos cambios radicales siguieron produciéndose: las tecnologías de todo tipo (tan lejanas a las boleadoras y al arado de mancera), impusieron otra relación del “ser” argentino con la naturaleza y con otros hombres. Y sin darnos cuenta, en un soplo histórico, hemos llegado a ser algo muy diferente de aquel gaucho argentino.

Con ello quiero decir que hubo fuerzas desplegadas trabajando para moldearnos, para ser productos choriceros de una determinada matriz, de determinados intereses. El Ser del Hombre debía ajustarse al Ser de otra épocas, y así se hizo, a sangre, fuego, y sin ahorrar sacrificios en los altares de corazones abiertos de inmensas mayorías supliciadas.

Ahora estamos pasando el primer cuarto del siglo XXI. Miremos alrededor. Las formas con las cuales obtenemos “experiencias” del mundo cotidiano, la manera en que lo percibimos e interactuamos, y nos daremos cuenta de la enorme, sideral distancia, de la “experiencia” y de la “percepción” de aquel gaucho argentino. El estado real de alienación del ser humano es patético, evidente, aunque todo transcurra bajo los cauces ya aceptados de la “normalidad”. Observémoslo en el colectivo, en la calle, en el trabajo.

Por ello, la pregunta fundamental es: ¿Hubo progreso? ¿Estamos mejor? ¿Somos más libres o más esclavos después de más de doscientos años de nacionalidad? No me refiero a política ni a economía. Mi reflexión apunta a algo más, sin desconocer aquellas por supuesto. Porque el “progreso” no sólo significa “salir de sí mismo y dirigirse hacia lo otro”, en tanto una forma de éxtasis (estar afuera), sino también significa una forma de volver hacia lo Uno, lo universal, lo que permanece, hacia lo bello y eterno.  Por supuesto, “volver” no significaría tan fácilmente destruir el estado del desarrollo material de la civilización (como el ludismo, la sublevación de los artesanos ingleses contra las máquinas que destruían el empleo en el siglo XIX), sino advertir, primero, que si seguimos por este camino estamos a un borde del precipicio como humanidad (imagínense que la Inteligencia Artificial se introduzca masivamente en la campaña China donde cientos de millones de trabajadores todavía trabajan con métodos artesanales; sería una hecatombe).
Cada vez más, sobran seres humanos, y los trabajos, impulsados ahora por la Inteligencia Artificial, escasean y son reemplazados por tecnologías hace poco tiempo, impensadas. ¿Cómo conciliar todos estos cambios sin que se nos desmadre el planeta y la vida humana y natural sobre él?  Una pequeña, y modesta respuesta está, en nuestro modesto entender, en iniciar una filosofía americana y argentina, desde la filosofía del gaucho, continental, telúrica, originada desde los frutos de la tierra, y organizar la comunidad desde sus principios. Esto no es original, ya está planteado desde algunos filósofos argentinos.

Dentro de pocos años, se dice hoy en muchos círculos académicos, que el ser humano tendrá implantado una especie de chip (digamos en su muñeca, bajo la piel), donde conservará los datos de su Tarjeta de Crédito, de Débito, de Transporte, de identificación personal para votar, para sacar un registro de conductor, para presentarse ante cualquier oficina, para poder comprar y vender, viajar al exterior (si todavía existen Estados-Naciones) pagar impuestos, reclamar expedientes, apoderarse o desapoderarse, para abrir la puerta de su casa, etc. Quien no tenga este chip no podrá vivir en la sociedad, y tendrá muy pocos lugares, tal vez ninguno donde ocultarse para poder vivir alguna “otra vida”, excepto algunos pocos ermitaños que logren vivir al lado de alguna fuente de agua ignota, casi imposible. El chip almacenará todos nuestros “permisos” para vivir. Sin esa base de datos personal concentrada no “seríamos” nada.
Hoy ya funciona la identidad “facial”. Todo llegaríalentamentepero sin pausa. ¿Puede ser que estaremos controlados absolutamente bajo la perversa creencia de una bien ganada libertad, comodidad, eficiencia y seguridad? Esta distopía (un lugar feo y horrible), ya está aquí, a la vuelta de la esquina.  El gaucho, aun con todo su horizonte pampeano adelante, no tenía una utopía, un lugar lejano al que llegar, más bello y mejor. Su lugar era el andar, el errar, el Ser en el ahí y Ahora. No había un corrimiento en su horizonte a medida que galopaba. Su presente era al mismo tiempo su pasado y su futuro. Era y fue, sí, un ser melancólico, por todo lo que avizoraba como pérdida de su Ser íntimo. En esto, se asemejaba en algo a los indios, y a los negros esclavos.  Pero su diferencia fundamental es que él no era ni europeo, ni indio, ni esclavo; era un criollo.

Una vez más, la disputa entre los continentales y los marítimos, los telúricos y los atlantistas, los gauchos, o todos aquellos que hoy miran desde su perspectiva -aun sin saber que lo hacen- y los ciborgs, se pone a la orden del día, con sus distintas cosmogonías. Es cuestión de quererlo ver desde esta perspectiva. Los tiempos del Coronavirus, donde la humanidad se ha paralizado, se han roto las cadenas de pago internacionales, las economías nacionales se destruyen, nos acerca al pensamiento inquietante e irritante de la extinción ya tan predicada y menos escuchada (Fidel Castro), sobre lo que es muy difícil hablar, pero ya estaba anunciada hace tiempo (ZbigniewBrzezinki, La Era Tecnotrónica, ó Jeremy Rifkin, El Fin del Trabajo), la distopía imposible.

La actual sociedad, con la difusión masiva de tecnologías satelitales, también ha venido para moldear el “carácter” de los seres humanos. Jamás ha sido neutra, tiene un contenido técnico, político, económico, social pero fundamentalmente espiritual.  Ello no ha sido producto de un desarrollo independiente, natural o espontáneo, propio de una cierta evolución inevitable de un estado de cosas de la historia (como lo sostienen, paradójicamente, tanto algunos marxistas como todos los liberales). Y esa intención es la que deberíamos desentrañar (exponer sus entrañas) para restituirnos al origen más genuino, sano y bello de nuestra Nación.

La sociedad fantástica orwelliana ya ha quedado muy corta. La realidad la ha superado. Está en la sorpresa inimaginable de la pandemia y las muertes masivas.Sería muy bueno ponerse a pensar quién o quiénes, por qué y para qué, han organizado llegar a este estado de situación mundial. ¿O es todo un azar impredecible, un juego de cubos desde el cielo, un destino donde los seres humanos somos títeres? La encrucijada actual no es fácil de resolver.

Pero es una situación que exige un cambio espiritual y de conciencia tan enorme como el planeta tierra si queremos sobrevivir como especie. Para retornar (dicho sin romanciticismo, sino como el grito vital de alguien a punto de ser fusilado) a ese “carácter” original del Ser, del gaucho, que constituye una de nuestras bases inamovibles de nuestra nacionalidad original.  Romper con el programa que el Transhumanismo nos tiene trazado en su hoja de ruta, que termina en el oxímoron de una alegre esclavitud, y al que se nos quiere obligar como algo “natural”, programa que no tiene que ver con los gobiernos, muy limitados hoy en su poder actual, sino con los poderes reales del mundo, pero a quien se puede enfrentar con unidad continental, telúrica, gauchesca por así decirlo, y patriótica.

Victor Gullotta

 

(1) Díaz, Carlos Eduardo, Patria y Familia, Ediciones Encontrarnos, 2019. Se trata de alguien que ha indagado en la línea de tiempo de su familia, combinado con los avatares históricos nacionales.
(2) Craviotto, José A., Quilmes a través de los años, Municipalidad de Quilmes, 1966, págs. 126/129.
(3) Sors, Guillermina, Quilmes Colonial, Archivo Histórica de la Provincia de Buenos Aires, La Plata, Taller de Impresiones Oficiales, 1937.
(4) Hudson, Guillermo Enrique, Allá Lejos y Hace Tiempo, Edic Buenos Aires Book, 2008.
(5) Bandera Héctor, Quilmes y Las Invasiones Inglesas, El Monje Editor, 2006.
(6) Gullotta, Víctor G, “La Casa que Habla”, Revista Los Indios Kilmes, 2005
(7) Duguin, Alexander, Logos Argentina, Metafísica de la Cruz del Sur, Edit Nomos, 2019, sobre todo en su parte dedicada a “El Mito Gaucho” de Carlos Astrada. También, puede leerse Geopolítica Existencial (Conferencias en Argentina), Edit Nomos, 2018, particularmente en lo que tiene que ver con la diferencia entre potencias “marítimas” y potencias “continentales”.
(8) Ver Latham, Wilfredo, Los Estados del Río de La Plata, su Industria y su Comercio, Imprenta La Tribuna, 1867, Buenos Aires.

 

Las imágenes corresponden a Gerónimo Narizzano, ilustrador del libro de Traversi, Marcelo, escritor Quilmes, en su libro Estampas de Antaño, Librería el Ateneo, 1949.

 

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