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La cruz y la sangre

por Ángel Pizzorno

Cuando la Ficción se mezcla con la Historia, o viceversa. Es éste un relato puramente de ficción, pero sobre la base de algunos hechos que ocurrieron hace tiempo en Bernal.

El 4 de junio de 1944 los ejércitos aliados entraban en Roma. Ese mismo día en una desolada playa de la costa patagónica, un hombre oculto entre matorrales, esperaba pacientemente. Había desembarcado de un submarino alemán en horas de la madrugada. Cansado, mal alimentado y muy ansioso, aguardaba la noche para alejarse de la zona. El extraño viajero era Hans Niemeyer, oficial del ejército alemán. Su fuerza lo había comisionado en nuestras tierras con fines exploratorios, ya que debía informar a Berlín acerca de la aptitud de la región para recibir desembarcos clandestinos y recopilar otros datos de interés. Un objetivo entre otros, sería el traslado eventual a nuestro territorio, de algunos jerarcas del régimen nazi si se concretaba la derrota del Tercer Reich. La noticia sobre la caída de la Ciudad Eterna recibida antes de abandonar el sumergible, le sugería al joven militar el peor de los pronósticos.
Niemeyer adoptó una identidad falsa y las conexiones con la embajada de su país y con algunos miembros de la colectividad, le facilitaron su afincamiento. Cumplió la misión encomendada con rigurosa disciplina y mientras le fue posible, despachó a Berlín informes periódicos; hasta que la falta de respuestas y las primeras planas de los diarios locales informando sobre el cerco soviético en torno a la capital del Reich, lo convenció de la inutilidad de su tarea.
Cuando la fotografía que mostraba a dos soldados rusos haciendo flamear la enseña con la hoz y el martillo sobre las ruinas de Berlín daba la vuelta al mundo, el alemán decidió dar por finalizada su misión y se trasladó definitivamente desde el lejano sur a Buenos Aires. Con las escasas relaciones que había logrado y un castellano defectuoso, se empleó en una fábrica de materiales eléctricos en el barrio porteño de Barracas, y alquiló una habitación en un conventillo del barrio.
Una tarde de domingo, en una de esas melancólicas reuniones que algunos de sus compatriotas realizaban en un salón de Belgrano, uno de ellos le comentó acerca de una venta de lotes en Bernal, al sur de la Capital. Días después, una jadeante locomotora a vapor del Ferrocarril Sud lo depositaba en la estación Bernal.
Preguntando llegó a una casa de remates que ofrecía lotes a poca distancia de la estación ferroviaria. Se trataba de la última fracción de la antigua finca de los Bernal de Torres. El villorrio rodeado de baldíos y añosa arboleda, era llamado pomposamente por el vendedor de terrenos, Barrio Parque de Bernal. En una de esas huellas de tierra con pretensiones de calle, Niemeyer comenzó a construir su casa.
Era un hombre taciturno que mantenía con sus vecinos un trato apenas formal. Al poco tiempo se casó con una mujer de la colectividad y años después tuvieron un hijo, la única descendencia.
En el imaginario popular y tal vez a instancias de algunos diarios sensacionalistas, cada alemán era un líder nazi prófugo y Hans Niemeyer no fue ajeno a esa sospecha, a pesar de su vida modesta y rutinaria.

Una noche de verano, cuando ya el barrio lo reconocía como El Alemán a secas, salió de su casa con un bulto bajo el brazo y una pequeña pala. Se encaminó hacia el bañado que erizado de sauces y juncales se extendía detrás de la fábrica que los bernalenses llamaban “La Papelera”. Minutos después desde un fondo de sombras, El Alemán regresó al barrio, sin el bulto y con sus ropas sucias de barro. Por lo avanzado de la hora, era imposible que alguien hubiera observado su maniobra. Pero la noche calurosa y el insomnio de algunos conspiraron contra su secreto. Ojos suspicaces, ocultos detrás de persianas, lo vieron salir y volver; al otro día buena parte del barrio no tuvo dudas de que El Alemán ocultaba algo.
Con el paso de los años, la historia del “nazi que escondía un tesoro”, se incorporó a la charla cotidiana de los vecinos. Al cumplir veintidós años, el hijo de Niemeyer se radicó en la patria de sus mayores. Por lo tanto, el matrimonio llegó a la vejez viviendo solo en lo que ya era la amplia casa de Bernal. En noviembre de 1990 la esposa del viejo alemán viajó a Alemania a visitar a su hijo como lo hacía periódicamente. Hans había abandonado su tierra en 1944, cuando llegó a la Patagonia. Nunca quiso volver.

Medianera por medio con los Niemeyer, habitaba otro jubilado. Cuando la señora partió y luego de un par de días en que no vio al Alemán ni escuchó los ruidos de rutina, el vecino llamó a la policía temiendo que a Niemeyer le hubiera sucedido algo malo. Cuando los uniformados ingresaron a la vivienda, encontraron al dueño de casa sin vida. Lo habían golpeado ferozmente y el cuerpo surcado de heridas de arma blanca, había sufrido diversas mutilaciones, como si intentaran obtener información aplicándole brutales torturas. Notificados del asesinato, su esposa e hijo regresaron al país permaneciendo el tiempo necesario para sepultar al hombre y resolver algunos trámites, entre ellos, la venta de la casa.
El crimen tuvo una amplia repercusión pública, en particular en los medios de comunicación nacionales. En Bernal, nadie tuvo dudas que la atroz muerte le fue propinada por su presunta condición de nazi. Las hipótesis iban desde un ajusticiamiento perpetrado por agentes extranjeros, hasta la más difundida y aceptada por la mayoría; fue muerto por delincuentes que intentaron apoderarse del tesoro que ocultaba la víctima, un tesoro que habría estado destinado a financiar el exilio de los nazis que eludían las acciones judiciales. El caso pasó a integrar el repertorio de las historias policiales más truculentas y la versión de la existencia de un rico botín oculto, siguió siendo aceptada tácitamente.

A principios de 2006 en las inmediaciones de la autopista Dardo Rocha que une Buenos Aires con la ciudad de La Plata, en la parte posterior de “La Papelera”, un grupo de obreros que removía la tierra como parte de los trabajos para la futura bajada de la autovía en Bernal. Uno de ellos encontró una lata que alguna vez fue un envase de galletitas, con la tapa sellada con soldadura de estaño. Cuando la abrieron, en su interior, encontraron una condecoración compuesta por una cruz de hierro con hojas de roble y una cinta ajada con los antiguos colores del Imperio Alemán. Superada la conmoción inicial del hallazgo, las autoridades dieron a conocer el texto grabado en la reliquia. Allí decía: “La Patria al capitán Hans Niemeyer por el valor demostrado en combate en la batalla de El Alamein. África del Norte. 17 de noviembre de 1942.” No había tesoros fabulosos ocultos. El hombre sólo había querido enterrar el pasado.

Ángel Pizzorno
1º Premio Género Narrativa – “Certamen Literario Homenaje a Felipe J. Firpo” – Declarado de Interés Municipal Ord. 10381/06.- Sociedad Argentina de Escritores –Delegación Bernal – Quilmes, 2006.

cruz sangre

8 comentarios sobre “La cruz y la sangre

  1. La excelente la narrativa de Pizzorno hace que uno lea el cuento en un santiamén, completamente atrapado por el relato que, aunque breve, resume eficazmente en su contenido una apasionante historia de ficción?

    1. Gracias José Luis. Me alegro que lo hayas disfrutado. Lo lamentable del relato es que el crimen fue cierto (como lo atestigua el recorte del diario). Pero como pasa en la vida de todos los días, la realidad y la ficción se entreveran al punto que uno no sabe donde están los límites. Pruebas al canto: las increíbles declaraciones de algunos funcionarios, dignas de algún cuento fantástico. Un gran abrazo!!

    1. Hola Adolfo. Veo que las enormes distancias y el tiempo no impiden que sigas conectado a la Patria y a los amigos. Gracias por tu comentario y hasta cualquier momento. Abrazo!!

  2. Me encantó , como me gusta como escribís!, en verdad , en cada relato haces un retrato de la humanidad, y nos enseñas historia, geografía, sociología, psicología… pero por sobre todo haces una humanización en los personajes, que siempre, pero siempre , nos deja mucho de aprendizaje sobre la vida…y en este caso , como se dice en el “rioba”, “cortita y al pié” o sea clarito, cortito y lleno de sabiduría.
    Un abrazo capo!!!

    1. Hola Nadia; el cuento no tiene pretensiones pedagógicas (ese fue un mérito del gran Julio Verne), simplemente vuelca en palabras un episodio de base real que por sus características alimentó la ficción cuyo resultado fue “La Cruz y la Sangre”. En estas breves líneas y en un suburbio como aquel Bernal de los años 40, se percibe el caos del mundo de la época (de todas las épocas). Abrazo!!

    1. Hola Ricardo; Gracias por tu comentario. Asombroso que recuerdes aquel cuento que tiene muchos años y sólo lo leyeron algunos compañeros y amigos. Un fuerte ab
      razo para vos y la familia.

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