El entierro

Nuestro amigo y colaborador Héctor Acosta escribió un nuevo cuento para compartir con nosotros… ¡Muchas gracias! 

En aquella mañana, luego de una inmensa noche de velorio, feroz lucha entre el dolor y el sueño, comenzó el cortejo fúnebre cuando el ataúd fue trabajosamente sacado de la casa de la desgracia por algunos deudos y dos empleados de la cochería, quienes lo hicieron a los tropezones con los malvones que desbordaban el pasillo del jardín.

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Fue un momento de apoteosis. Un silencio sepulcral se impuso, el mundo detuvo su inmemorial girar, los gorriones quedaron estáticos suspendidos en el aire y la rosa dejó de abrir su capullo de primavera. Rompió el embrujo que la muerte produce, un caballo de la carroza fúnebre que se abrió de patas y, para espanto del mujerío, orinó torrentoso y en cuya espuma el poeta Juan Carlos Cártes descubrió luminosos resplandores dorados, y el cochero, de alta galera y percudidos guantes que alguna vez fueron blancos, siguió fumando indiferente al dolor ajeno, solo de reojo echó un vistazo al plomizo cielo el cual descargó una pertinaz llovizna que comenzó a desteñir el falso negro de algún caballo.
A lo lejos, discordante, se escuchó el alegre murmullo del recreo de la escuela 24. Con esos ecos que resonaron a oquedad, el cajón fue subido a la carroza y el cochero, con gesto agrio, chicoteó el látigo y las herraduras chispearon en el empedrado. Y allá arriba de la casa quedó la viuda como en un sacro altar agitando su pañuelo de despedida, húmedo de lágrima y perfume. A todos se les hizo que esa mujer no pertenecía ya más a esta vida.
En efecto, desencantada por las miserias humanas y seducidas por celestiales promesas de redención eterna, ella aceptaba como un religioso deber ser depositaria de un inextinguible dolor al cual consagraría sus crepusculares años de vida a las honras del finado. La vida, al poco tiempo nomás, se encargó de traerla de vuelta con el consuelo y sus míseras urgencias.
Fue así como el barrio, entero y sin remordimientos, rápido como si la conciencia les dictara un inapelable orden:
-¡A vivir… a vivir, que es mas tarde de lo que creemos!
Sólo hubo una excepción, el Sabio del barrio, don Alfonso, desencantado veterano testigo de cien derrumbes. Alguien le oyó murmurar:
-Esto no es la muerte, la verdadera muerte es el olvido…
Luego de todo, solo quedaron en la desolada calle, esparcida la bosta de la caballada, pétalos azules, rojos y amarillos y una cinta violeta de una corona en la que se podía leer: “Sus Vecinos”

Héctor Acosta

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