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La casa que habla

                              texto Víctor Gullotta   fotos Silvia Marmori

 

En Villa Crámer, Bernal, todavía se mantiene en pie uno de los edificios más antiguos de la Provincia de Buenos Aires, declarado en 1945 Monumento Histórico Nacional.  La Casa Quinta de Juan Antonio Santa Coloma fue construida en 1805 y sigue ante nosotros como un eco que se resiste a desaparecer.  Conservada parcialmente, amenazada por la humedad, quebrada por el olvido, mal restaurada, y habiendo pasado etapas de deplorable estado, sus primeros habitantes, representantes de una hispanidad perdida, podrían seguir transitando por galerías, patios y habitaciones.

 Una Residencia Frente al Río

Sobre un terreno comprado a los herederos del primer estanciero que tuvo el Sur del Riachuelo, Melchor Maciel, Santa Coloma hizo construir por cien esclavos negros esta casa con paredes de ladrillos enormes y barro, pisos de baldosas, puertas y ventanas de algarrobo, techos sostenidos por troncos de palmeras.  Desde esas ventanas y puertas se podía contemplar el vasto y hermoso horizonte del Río de La Plata, a la izquierda la desembocadura del Riachuelo y más al Norte la sede del Virreynato, la inefable y mítica aldea de Buenos Aires.

La casa fue utilizada como una residencia de descanso, paseo y celebración de festividades donde se reunían las más afortunadas familias de comerciantes mayoristas de la aristocracia porteña, predominante españolas. Sus paredes y techos han albergado las más interesantes tertulias y preocupaciones sobre el destino de la Colonia, y tal vez en ella se hayan decidido derroteros políticos y económicos de la región.  Al sonidos del clavicordio los adolescentes habrán consumado sus conquistas.  Y las damas paseado sus espectaculares peinetones y miriñaques sin enredarse debajo de sus galerías ni los enramados del patio y las barrancas.  Los niños se exaltarían  ante las bandadas de torcazas  de sus palomares que se construían para la elaboración del exquisito “pucherito” colonial de paloma, hoy ya repudiado como asqueroso y cruel cuando las aves de corral y la carne vacuna comenzaron a distinguirse como la base de la mesa familiar.  Los esclavos santocolomenses habrán servido en la más fina platería extranjera y guardado la vajilla en robustos moblajes importados, aplicado los cerrojos  dobles a puertas y ventanas, apagado la lumbre para abrir lugar a la noche rumorosa  e infinita del río cercano por este lado de la campaña, y llevar al final del día la bacinilla al cuarto íntimo de los señores.

Modelo de Casa Quinta Santa Coloma fue amasada con la fortuna de uno de los más ricos comerciantes mayoristas españoles del Río de La Plata que creció amparado por las beneficiosas medidas liberales tomadas por el Rey de España Carlos III.

Juan Antonio, Fidelidad a la Corona y Pérdida de la Fortuna

De origen español y vizcaíno Juan Antonio Santa Coloma llegó a Buenos Aires y fue protegido por su tío Gaspar Santa Coloma, quien estaba casado con una hija de Vicente de Azcuénga y Rosa Basavilbasso, un poderoso comerciante.  En 1794 Juan Antonio contrajo enlace con una hija de Antonio Lezica y Rosa de la Torre Tagle, consagrándose así una unión entre dos familias de comerciantes mayoristas españoles que actuaban en el Río de La Plata.  Ese mismo año Gaspar ocupaba el puesto Nro. 26 en la lista de comerciantes y Juan Antonio, en crecimiento, el Nro. 86.  Sus principales actividades eran la importación de mercaderías españolas y la exportación de plata y productos locales: cebos, cecinas, tasajos y, eventualmente, cueros.

Este grupo de comerciantes creció favorecido por el monopolio comercial español, celoso de la penetración imperial inglesa sobre el prototipo de diseño de la ciudad-puerto virreinal.  Y amplió su influencia con las medidas de apoyo al comercio dictadas por Carlos III -que a la postre se volverían contra la propia España-, acicateado por la amenaza a través de los mares del reino de la isla imperial.  Pero a partir de 1806 el “libre comercio”, subterráneo, legal o ilegal para el Virreynato agrandó la competencia y abarató los productos.  La acción pertinaz del liberalismo económico inglés trató de imponerse por todos los medios económicos, políticos y militares y disminuyó en su propio beneficio el poder de estos grupos de comerciantes españoles al compás de la lucha que Inglaterra libraba contra España y que tuvo su brillante, astuta y paradójica expresión en la revolución independentista de Norte América en 1776.

La Casa Santa Coloma languideció por haberse mantenido fiel a la Corona Virreynal debilitada y aun ante los últimos acontecimientos de la Revolución de Mayo.  Juan Antonio, por ejemplo, fue inculpado por el alzamiento de Alzaga contra Liniers -Virrey elegido al calor de la lucha popular contra el invasor inglés- frustrado en 1809, cuando se pensó que trataba de restaurar parte de la autoridad perdida por el Virrey decididamente hispanófilo anterior.

El Ultraje del Invasor Inglés

En 1807, año del segundo desembarco e invasión de la armada inglesa a las costas del Río de La Plata, la soldadesca que había osado pisar nuestra tierra en la llamada Ensenada de Barragán (hoy Ensenada) pasaron por la Casa de Santa Coloma camino a Buenos Aires.  La oficialidad, al mando del General Juan Whitelocke, pernoctó en ella y se cobijó de la dura tormenta desatada los dos primeros días de julio de ese año.  Pero no fue una ocupación relajada.  La Casa fue defendida por los negros que la tenían a su cuidado.  Si nos ponemos a escuchar bien podríamos volver a sentir los fusiles de chispa golpeando contra la madera de las puertas y ventanas, en la argamasa de las paredes de ladrillos enormes, y el rodar metálico de la artillería y las primeras e inútiles órdenes de rendición.  Y pensar, de paso, qué libertad de comercio nos querían imponer estos ingleses, fracasados del primer intento un año anterior, y que volvían con obcecada idea mediante un destacamento diez veces mejor pertrechados en hombres y armas.

El Tesoro de la Culpa se Hizo Leyenda

Según cuentan las tradiciones verbales trasmitidas de generación en generación, que puede estar teñido por el sentido de la culpa y no por la verdad histórica, los negros muertos en la defensa de la casa fueron enterrados por Juan Antonio con una cruz de plata, aunque ni siquiera sus huesos fueron encontrados.  Tampoco el supuesto tesoro acuñado en monedas de oro y plata que, para no ser capturado por los ingleses, habría sido escondido en algún túnel secreto de los alrededores, aparentemente ya cejado por el tiempo.

Cuando entrevistamos hace tiempo al Padre Roberto Zardini en la Catedral de Quilmes, sucesor del Obispo Novak,  y que había sido desde 1968 párroco a cargo de la Capilla de la Iglesia que se encuentra en el predio de la Casa Santa Coloma -a cargo de su resguardo-, nos dijo, entre otras cosas: “En la medida que sepamos recordar, valorar y querer nuestras raíces, sabremos aprovechar el momento presente y continuar algo que valga la pena para el futuro.  Eso es lo que siento.  Es un Monumento Nacional y así debería conocerse”.
                                                                                                                                                                                                       Víctor Gullotta
Bibliografía utilizada:
-Nodal Mora, Vicente, La Casa de Santa Coloma, 1948.
-Pedemonte, Gotardo, Breve Reseña de Hechos y Acontecimientos que Hacen a la Historia de Bernal.
-Traversi, Marcelo, Estampas de Antaño, 1949.
-Socolow, Susan, Los Mercaderes del Buenos Aires Virreinal: Familia y Comercio, 1991.

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